Ayer estaba en el bar al que suelo ir después de cenar. Está en el Borne, por detrás de la Estación de Francia, bueno, cerca. Lo normal es tomarse una copa, escuchar un poco de música y salir sobre las doce y media o la una a recoger algun cliente. Ayer me puse mi minifalda tejana, un jersey de lana de cuello alto y el abrigo peludo negro. Unas medias de rejilla y las botas. Un cañon. Era una gran noche para disfrutar. Estaba en el bar tomando un whisky. El camarero era nuevo; el de siempre sabe que me tomo copas pequeñas, pero éste, nuevo él, me sirvió un vaso largo con muy poco hielo, con lo que la bebida me enturbiaba un poco. El tío que apareció a mi lado, como por arte de magia, un guiri de buena planta,empezó, sin saber yo muy bien como, en mi nube como estaba, a comerme la oreja explicándome no se muy bien qué en relación a las bondades su país. La cuestión es que al cabo de una horita estábamos los dos en el lavabo de señoras del bar, yo con la falda subida y él con pantalones bajados, echando un polvo que no por más deseado, pensé, tenía que dejar de cobrar. No recuerdo muy bien como fue, ni si fue muy ruidoso, pero al salir, dos o tres parroquianos me echaron una sonrisa, y uno picó el ojo, al pasar frente a ellos sonrojada aun del sofocón. Aquello me excitó aún más, con lo que cogí al semental noruego, o sueco o lo que fuera, y me lo llevé a casa, de donde se ha ido esta mañana sonriendo y despidiéndose de mí con un beso, largo, húmedo y profundo. |